110 años de las Águilas del América: una pasión que no se explica, se vive.

octubre 11, 2026

Queridos lectores:

Soy americanista desde que tengo uso de razón. No recuerdo el momento exacto en que nació este sentimiento; simplemente apareció y se quedó para siempre. Hablar del América es hablar de tensión, pasión, lágrimas, nervios y alegrías que solamente quienes llevamos estos colores en el corazón podemos comprender.

Este 12 de octubre, el Club América cumple 110 años de historia, una fecha que me invita a recordar el camino recorrido y agradecer todo lo que este equipo me ha hecho sentir. Crecí disfrutando los campeonatos de los años ochenta, viendo cómo se construía una identidad ganadora que, con el paso del tiempo, se convirtió en parte de mi propia historia.

He visto desfilar a grandes ídolos que dejaron huella en Coapa: Alfredo Tena, Antonio Carlos Santos, Zague, Cuauhtémoc Blanco, Claudio Piojo López, Iván Zamorano, Christian Chucho Benítez, Raúl Jiménez, Salvador Cabañas, Alejandro Zendejas, Henry Martín y Brian Rodríguez, entre muchos otros. Cada generación tuvo protagonistas capaces de despertar ilusiones y regalar tardes y noches inolvidables.

También llegaron entrenadores que entendieron lo que representa este escudo. Jorge Vieira dejó su sello en una etapa histórica, mientras que André Jardine condujo al equipo a una de las páginas más gloriosas de su historia reciente: el tricampeonato de Liga MX entre el Apertura 2023 y el Apertura 2024. Tres títulos consecutivos que confirmaron que el América sabe responder cuando la presión es máxima.

Las cifras hablan por sí solas. Las Águilas han conquistado 16 campeonatos de Liga, seis Copas México y siete títulos de Campeón de Campeones. En el ámbito internacional, suman siete coronas de la Concacaf, dos Copas Interamericanas y una Copa de Gigantes de la Concacaf. Detrás de cada trofeo hay futbolistas, técnicos, directivos y millones de aficionados que han convertido al club en una referencia del deporte mexicano.

Pero hay recuerdos que ocupan un lugar especial. Uno de ellos es la Copa Interamericana de 1978, cuando América se enfrentó al poderoso Boca Juniors, campeón de la Copa Libertadores. Después de una serie intensa, el desenlace llegó en un tercer partido disputado en el Estadio Azteca. En tiempo extra, Carlos Reinoso ejecutó un tiro libre que terminó en gol y selló el triunfo azulcrema por 2-1. Aquella conquista fue una demostración de carácter y una página imborrable para el americanismo.

Porque ser del América no significa vivir únicamente de las victorias. También significa soportar las derrotas, sufrir finales perdidas, cuestionar actuaciones y pasar noches en las que cuesta trabajo conciliar el sueño. He conocido la felicidad de levantar los brazos y la tristeza de ver escapar un campeonato. Sin embargo, incluso en los momentos más difíciles, algo permanece intacto: las ganas de volver a ver jugar a mi equipo.

A muchos les incomoda la grandeza del América. Sus triunfos generan admiración y también críticas; su historia provoca debates y su camiseta nunca pasa inadvertida. Así ha sido siempre. Ser americanista implica aceptar que cada partido se juega bajo una exigencia enorme, porque aquí no basta con competir: la obligación es luchar por los títulos.

Y precisamente ahí encuentro una de las razones de mi orgullo. No elegí estos colores por conveniencia, por una racha ganadora o por la cantidad de trofeos. Los elegí porque forman parte de mí. Porque el América me ha regalado recuerdos que guardo como tesoros y porque cada nueva generación me permite compartir esta pasión con quienes sienten lo mismo.

Hoy, al celebrar 110 años, pienso en los ídolos que ya no están en la cancha, en los que defendieron el escudo con orgullo y en los que todavía tienen la oportunidad de escribir nuevas páginas. Pienso en cada gol celebrado, en cada campeonato sufrido y en todas esas emociones que hacen del futbol algo mucho más grande que un resultado.

El tiempo seguirá avanzando. Cambiarán los jugadores, los entrenadores y las formas de jugar. Llegarán nuevas figuras y nuevos desafíos. Pero mi sentimiento no cambiará.

Seguiré siendo americanista en las buenas y en las malas, cuando haya motivos para festejar y cuando toque levantarse después de una derrota.

Porque el América no es solamente un equipo: es una pasión que me acompaña desde siempre, una parte de mi identidad y un amor que no necesita explicaciones.

¡Felices 110 años, Club América!

Que vengan más campeonatos, más leyendas y más noches para guardar en la memoria. Yo seguiré aquí, con el corazón amarillo y azul, defendiendo estos colores y sintiendo el mismo orgullo de siempre.

¡América y ya!

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