Arturo Águila
El fútbol mexicano vive atrapado en una contradicción que se ha vuelto costumbre. Se habla de crecimiento, de modernización y de convertir a la Liga MX en una de las mejores del continente, pero las decisiones más importantes apuntan exactamente en sentido contrario.
Ninguna ha sido tan perjudicial como la desaparición del ascenso y descenso, una medida que rompió el principio más valioso del deporte: la competencia basada en el mérito.
Cuando la Federación Mexicana de Fútbol decidió congelar el ascenso y descenso, el argumento fue que era una solución temporal para fortalecer la estructura económica de los clubes. Los años han pasado y aquella promesa quedó en el olvido.

Lo que nació como una excepción terminó convirtiéndose en una política que protege inversiones, pero castiga el rendimiento deportivo.
Hoy existen equipos que pueden realizar campañas mediocres sin enfrentar consecuencias reales. La presión por competir disminuye cuando el fracaso no tiene costo. Del otro lado, clubes de la Liga de Expansión invierten, forman jugadores, mejoran instalaciones y pelean campeonatos sabiendo que, aun cumpliendo con los requisitos deportivos, la puerta hacia la Primera División permanece cerrada. Es un mensaje devastador para cualquier institución que aspire a crecer mediante el trabajo.
En este contexto, la gestión de Mikel Arriola tampoco ha logrado ofrecer respuestas convincentes. Durante su administración se ha insistido en presentar cifras positivas, acuerdos comerciales y proyectos de expansión como indicadores de éxito. Sin embargo, el crecimiento financiero pierde fuerza cuando el producto deportivo se estanca. El aficionado no se enamora de balances económicos; se apasiona con competencias auténticas, con historias de superación y con la incertidumbre que genera saber que cada punto puede definir un ascenso o un descenso.
La falta de decisiones firmes para restablecer ese sistema ha provocado que la Liga MX pierda parte de su esencia competitiva. Mientras otras ligas entienden que la exigencia permanente impulsa el desarrollo, en México parece privilegiarse la estabilidad administrativa sobre la excelencia deportiva. El resultado es un torneo cada vez más cuestionado, donde la conversación gira alrededor de reglamentos, multipropiedad y decisiones de escritorio, en lugar de enfocarse exclusivamente en el fútbol.

La Federación Mexicana de Fútbol aún está a tiempo de corregir el rumbo, pero el reloj corre en su contra. Cada torneo sin ascenso y descenso representa una oportunidad perdida para recuperar la credibilidad.
Porque el verdadero peligro no es que un equipo descienda. El verdadero descenso es el de un fútbol que renunció a la meritocracia, que confundió protección con progreso y que sigue alejándose de la afición. Y cuando un deporte deja de premiar el esfuerzo para privilegiar la comodidad, no solo pierde competitividad: pierde su alma.