Cristiano Ronaldo no necesita tu aprobación. Nunca la necesitó. A los 41 años, con seis Mundiales, cinco Balones de Oro y con 975 goles en su haber, el portugués sigue jugando el partido más difícil de todos: el que se juega contra el tiempo, contra la narrativa, contra la idea cómoda de que ya hizo suficiente.
Termina el entrenamiento, todo el plantel al vestidor, y él se queda 40 minutos más practicando tiros libres. Solo. Con la misma cara de furia contenida que tenía en 2003 cuando Sir Alex lo retaba en Carrington. Esa es la diferencia entre las estrellas y las leyendas. Las estrellas brillan cuando todos miran. Las leyendas arden cuando nadie las ve.
El error de todos es pedirle a Cristiano que se retire “por la puerta grande”. ¿Cuál puerta? ¿La que nosotros diseñamos para que nuestra memoria quede intacta? Su puerta grande es seguir saliendo a la cancha. Es fallar un penal y volver a pedir el siguiente. Es escuchar que está acabado desde 2018 y responder con 50 goles por temporada. Él no defiende su legado en Instagram. Lo defiende en cada sprint al minuto 90.
Hablamos mucho de su ego. Gracias a ese ego estamos aquí. Sin esa hambre patológica por ser el mejor, hoy sería una anécdota simpática de Sporting. El ego de Cristiano no es adorno, es combustible. Es lo que lo hace tirarse al piso a los 41 años para recuperar un balón en un partido de liga que para otros sería trámite. Porque entendió antes que nadie que el talento te sienta en la mesa, pero la obsesión te mantiene con el cuchillo y el tenedor en la mano.
Me cansan los debates de salón: que si Messi, que si Maradona, que si Pelé. Cristiano ya no compite en esa liga. Compite contra la versión de 25 años que hacía 60 goles en el Madrid. Y a veces le gana. Por eso duele verlo, porque nos recuerda lo poco que exigimos de nosotros mismos. Él nos puso el listón en el cielo y todavía lo sigue subiendo.
¿Sabes qué es lo más brutal de todo? Que no lo hace por dinero. No lo hace por fama. Lo hace porque no concibe otra forma de vivir. El día que se retire, no será por una lesión ni por un homenaje. Será porque un lunes se levantó y ya no sintió ese fuego en el estómago. Y ese día todavía no llega.
La gente quiere un final de película: gol en la final del mundo, lágrimas, vuelta olímpica. Pero Cristiano no es actor de Hollywood. Es obrero del gol. Su final no será poético, será real. Un día simplemente no aparecerá en la lista de convocados. Y ahí entenderemos el vacío.
Hasta entonces, disfruten la incomodidad que genera. Disfruten que un tipo de 41 años les siga rompiendo los esquemas. Disfruten que celebre el gol como si fuera el primero en su excelsa carrera. Porque cuando se vaya, el fútbol será más ordenado, más lógico, más predecible. Será mejor para muchos. Pero no será Cristiano.
Él no le debe nada al fútbol. El fútbol le debe a él la última gran lección: que la grandeza no es un pico que conquistas. Es una rutina que eliges cada mañana.
Desde su trinchera, Cristiano Ronaldo ha sido un ejemplo de vida para miles de niños y jóvenes que aspiran a ser cómo él.
De hecho, confieso que hasta yo tuve el mismo deseo.
Aunque su legado futbolístico permanecerá por siempre, se le extrañará en la cancha y en las pantallas gritando su legendario “¡Siuuuu!”
Y cuando por fin decida parar, no lo hará el jugador. Lo hará el mito. Y el mito, amigos, no se retira. Solo cambia de estadio.