Arturo Águila
Queridos lectores, hay carreras que se miden por trofeos y otras que se recuerdan por la huella que dejan. ¡La de Roger Federer pertenece a las dos! El suizo no solo acumuló títulos: transformó la manera de mirar el tenis. Su tenis combinaba precisión, imaginación y una elegancia única. Su Majestad ha sido, sin duda, uno de los mejores tenistas de la historia del deporte blanco.
Federer construyó durante 24 años una carrera extraordinaria. Llegó al número uno del mundo el 2 de febrero de 2004 y permaneció 310 semanas en la cima, incluidas 237 consecutivas. Su palmarés terminó con 103 títulos individuales del circuito ATP.

Pero si existe un territorio donde su leyenda quedó grabada con letras de oro, es el Grand Slam. Federer conquistó 20 majors: seis Abiertos de Australia (2004, 2006, 2007, 2010, 2017 y 2018), un Roland Garros (2009), ocho Wimbledon (2003, 2004, 2005, 2006, 2007, 2009, 2012 y 2017) y cinco US Open consecutivos (2004, 2005, 2006, 2007 y 2008). En París 2009 completó el Career Grand Slam y, un mes después, en Wimbledon, levantó su decimoquinto grande, superando entonces el récord de Pete Sampras.
Wimbledon fue, quizá, su casa espiritual. Allí ganó ocho veces. En el césped londinense desplegó una versión casi perfecta de su tenis: servicio preciso, revés elegante y una derecha devastadora. También conquistó seis Nitto ATP Finals y 28 títulos ATP Masters 1000.
Su grandeza tampoco se limitó a los torneos individuales. En Pekín 2008 ganó el oro en dobles junto a Stan Wawrinka y en Londres 2012 obtuvo la plata individual. En 2014 llegó otro capítulo histórico: Federer y Wawrinka condujeron a Suiza a conquistar por primera vez la Copa Davis.
Y entonces llegó el momento que nadie quería imaginar. Después de varias lesiones y operaciones, Federer entendió que su cuerpo había comenzado a marcar los límites. El 15 de septiembre de 2022 anunció que la Laver Cup sería su último torneo. El 23 de septiembre de 2022, en Londres, disputó el último partido de su carrera. Lo hizo en dobles y, como si el destino hubiera escrito el guion perfecto, compartió la cancha con Rafael Nadal. Perdieron ante Jack Sock y Frances Tiafoe, pero el resultado quedó en segundo plano ante la emoción de una despedida irrepetible.

Cuando Federer dejó la pista, no se apagó una leyenda: comenzó una eternidad deportiva. Sus números pueden compararse, sus récords pueden caer y las nuevas generaciones pueden superar sus marcas, pero hay algo que no aparece en ninguna estadística: la sensación que provocaba verlo jugar. Federer hizo que el tenis pareciera sencillo y que cada golpe tuviera una dosis de belleza.
Su Majestad se fue del circuito, pero no del corazón del deporte. Se marchó entre lágrimas, abrazado a sus compañeros, con Nadal a su lado y el público de pie. Aquella noche, el tenis entendió que despedía a un campeón, pero también a un artista. Roger Federer no solo ganó partidos y campeonatos; dejó una forma de entender el juego.
Y mientras exista una pelota amarilla cruzando una red, alguien recordará aquel movimiento elegante que parecía imposible. Porque los grandes campeones ganan trofeos; las leyendas, como Federer, ganan un lugar para siempre en la memoria hoy!