Arturo Águila
Hay una fecha que no está en el calendario pero todos los mexicanos la conocemos: es el día que volvemos a creer. Ocurre cada cuatro años, a veces cada verano. Llega con spots emotivos, con jersey nuevo, con la frase de siempre: “Ahora sí”. Compramos el boleto completo. Nos subimos al tren de la ilusión y nos bajamos, casi siempre, en la misma estación: la del “ya merito”, la del “se compitió”, la del “faltó suerte”. La Selección Mexicana se convirtió en la fábrica de esperanza más rentable del continente. El problema es que la esperanza, cuando no se construye con ladrillos de verdad, se desmorona en 90 minutos.
Y duele decirlo, pero toca hacerlo: llevamos décadas viviendo de rentas emocionales. Nos venden el recuerdo del 86, la chilena de Negrete, el “No era penal”, el quinto partido que nunca llegó. Nos venden amistosos en Dallas y Los Ángeles como si fueran finales, giras de despedida que son de bienvenida para la caja registradora. Nos venden “procesos europeos” que duran menos que una pretemporada. Y nosotros compramos. Porque el Tri es familia, es domingo, es bandera en el carro. Pero también es negocio. Y cuando el negocio va primero, el fútbol va después.
No es culpa del jugador que hoy se pone la verde. La mayoría crece en un ecosistema que premia antes de exigir. Una Liga MX sin ascenso ni descenso, donde perder no tiene consecuencias reales. Donde los dueños son socios, televisoras y patrocinadores al mismo tiempo. Donde un joven debuta a los 23 y a los 25 ya es “veterano” para irse a Europa. Donde el calendario se ajusta a la Leagues Cup y no a la formación. Donde la multipropiedad te enfrenta el sábado y te felicita el lunes en la junta. Así no se compite con Francia, Argentina o Alemania. Así se compite con el rating.
Por eso el discurso de cada ciclo suena hueco. Cambiamos de técnico como quien cambia de jersey: esperando que el nuevo color nos haga ver distintos. Llegó Martino, llegó Cocca, llegó Lozano, llegó Aguirre. Hoy llega Rafa Márquez para 2030. Y el Káiser tiene todo mi respeto: es el futbolista más importante de nuestra historia, entiende el alto nivel, trabajó en Barcelona y no le teme al vestidor. Pero Rafa no dirige la Asamblea de Dueños. No decide si vuelve el ascenso. No puede obligar a que Pachuca, Chivas o Pumas vendan a su joya de 19 años antes de exprimirla tres torneos más. Un DT ordena la cancha. No ordena la casa. Y la casa lleva años sin barrerse.
Dejar de vivir de ilusiones no es volverse amargado. Es madurar como afición. Es cambiar la pregunta. Ya no es “¿Hasta dónde vamos a llegar?”. Es “¿Qué estamos haciendo para llegar?”. Y la respuesta incomoda: muy poco. Exportamos tarde, y cuando exportamos, regresan pronto. No tenemos una idea de juego nacional, cambiamos de estilo con cada técnico. No tenemos competencia interna real: si Lainez, Antuna o Vega bajan su nivel, ¿quién los sienta? ¿A quién pones que te haga ganar el puesto? La comodidad es enemiga del talento. Y en el Tri, la comodidad tiene contrato.
¿Qué necesitamos entonces? Verdad. Aunque duela, aunque venda menos. Verdad para decir que el Mundial de 2026 en casa no garantiza nada si seguimos jugando a no perder en Concacaf. Verdad para aceptar que ser local te mete presión, no goles. Verdad para exigir que el proyecto sea futbolístico antes que comercial. Que los clubes formen para competir, no para revender. Que el torneo premie al que trabaja fuerzas básicas, no al que compra seis extranjeros de 30 años. Que perder duela en la mesa directiva, no solo en Twitter.
Y nosotros, como afición, también tenemos tarea. Dejar de romantizar el “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Dejar de aplaudir el esfuerzo cuando no hay idea. Dejar de llenar estadios en septiembre para partidos que no nos sirven, mientras pedimos sangre en julio cuando pierden. Si el negocio funciona aunque el fútbol no, ¿para qué lo van a cambiar? El día que el palco alto se vacíe, el día que el rating castigue, ese día nos van a escuchar.
Rafa Márquez merece tiempo y respaldo. Pero no le carguemos la cruz de salvarnos él solo. Esto es de todos: Federación, dueños, liga, jugadores y grada. O empujamos en la misma dirección, o en 2030 estaremos escribiendo la misma nota, con otros nombres, con la misma frustración.
Basta de comprar ilusiones en abonos. Queremos un Tri que nos haga soñar porque juega, porque compite, porque tiene forma y fondo. No porque lo dice un comercial. Y si no pueden dárnoslo, al menos que nos hablen de frente. Porque de promesas estamos llenos. De fútbol, seguimos con hambre. Y el hambre, cuando es real, no se calma con espejitos. Se calma ganando. O, por lo menos, intentándolo de verdad.
