Gustavo Cerati: el músico que convirtió sus canciones en películas

agosto 12, 2026

Hay músicos que escriben canciones y hay otros que parecen estar viendo una película mientras las escriben. Gustavo Cerati pertenecía al segundo grupo.

Hablar de Cerati y el cine sería demasiado sencillo si todo se redujera a recordar que protagonizó +Bien, que Soda Stereo hizo videoclips memorables o que durante su carrera solista trabajó constantemente con imágenes. La conexión era mucho más profunda.

Estaba en su manera de mirar.

Cerati tenía una obsesión evidente con las imágenes. Sus canciones están llenas de habitaciones, ciudades, cuerpos, carreteras, ojos, humo, movimiento y deseo. Muchas veces no cuenta una historia completa. Muestra un instante y se va.

Eso también es cine.

En Bocanada parece existir una escena antes incluso de que aparezca la primera palabra: dos personas frente a frente, una relación que probablemente ya terminó y el humo flotando entre ellas. No sabemos qué ocurrió antes. Tampoco importa demasiado.

La imagen basta.

Cerati entendía algo que el cine conoce perfectamente: no siempre es necesario explicar. A veces es mejor dejar espacios para que el espectador complete la historia.

Soda Stereo también aprendió a mirar

Mucho antes de que el videoclip se convirtiera en una obligación para cualquier lanzamiento musical, Soda Stereo entendió que una banda podía construir su identidad también desde las imágenes.

Ahí Alfredo Lois fue fundamental.

Cuando pase el temblor convirtió el paisaje del Pucará de Tilcara en algo más que una locación. Pero fue En la ciudad de la furia donde esa relación alcanzó una de sus imágenes definitivas.

Cerati sobrevolando Buenos Aires.

La noche.

Los edificios.

La ciudad debajo.

Buenos Aires dejaba de ser solamente una ciudad y se convertía en un estado de ánimo. El videoclip no simplemente acompañaba la canción: terminaba de construir el mundo que la canción había imaginado.

Y eso era muy Cerati.

El deseo también tenía encuadre

Persiana americana ya jugaba con una idea que aparecería constantemente en su obra: mirar y ser mirado.

El cuerpo, la distancia, la piel, los ojos y el deseo aparecen una y otra vez. Zoom, Otra piel, Tabú, Paseo inmoral o Bocanada exploran diferentes formas de acercamiento.

Ahí vuelve a aparecer el cine.

Una cámara decide qué mirar, cuánto acercarse y qué dejar fuera. Cerati hacía algo parecido con las palabras y la música. A veces parecía utilizar un plano general para mostrar una ciudad completa; otras, acercaba la cámara hasta dejar solamente dos cuerpos separados por unos centímetros.

Incluso su erotismo tenía algo cinematográfico: lo íntimo mezclado con lo tecnológico, el cuerpo frente a la máquina, lo humano frente a lo electrónico.

Crimen y la película que ya existía dentro de la canción

Con Crimen la conexión fue todavía más evidente.

La canción ya tenía una historia de pérdida, separación y algo que quedó sin resolver. Joaquín Cambre tomó esa sensación y la convirtió en una especie de cine negro.

Y funcionó porque no intentó explicar la canción. La interpretó.

Ese es el secreto de un gran videoclip: no poner imágenes bonitas encima de una canción, sino descubrir qué película ya estaba escondida dentro de ella.

Cerati parecía tener varias.

Cuando finalmente entró al cine

En 2001, Cerati protagonizó +Bien, dirigida por Eduardo Capilla. Pero no se limitó a actuar: también compuso e interpretó la música.

Y aquí aparece una ironía bastante perfecta.

Cuando finalmente tuvo una película para acompañar su música, terminó creando una banda sonora capaz de existir por sí misma.

Cerati no necesitaba imágenes para construir imágenes.

Ese era el punto.

Sus canciones estaban llenas de escenas incompletas: una habitación, una ciudad de madrugada, dos personas que ya no saben qué decirse, alguien que se va, alguien que observa.

El oyente completaba el resto.

Quizá por eso su música sigue funcionando tantos años después. Las ciudades cambian, las modas desaparecen y los videoclips envejecen, pero una mirada, una separación o una noche en la que alguien ya no está siguen significando exactamente lo mismo.

Una película decide cuánto dura una mirada antes del corte.

Una canción decide cuánto puede prolongarse una nota antes de desaparecer.

Cerati entendía ambas cosas.

Por eso, cuando se escucha su música, muchas veces no solamente se recuerda cómo sonaba.

Se recuerda dónde se estaba.

Con quién.

A qué hora.

Y aparece una imagen.

Tal vez esa sea la verdadera relación entre Gustavo Cerati y el cine: nunca necesitó convertirse completamente en cineasta.

Ya estaba haciendo películas dentro de nuestras cabezas.

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