Trainspotting: cuando perderse también puede parecer una forma de libertad

septiembre 7, 2026

Hay películas que hablan de las drogas y hay películas que logran que el espectador entienda por qué alguien puede terminar buscándolas. Trainspotting, dirigida por Danny Boyle en 1996, pertenece a la segunda categoría. Y ahí está precisamente su peligro y también su grandeza. Porque durante buena parte de la película no parece estar intentando darte una lección. No hay un adulto solemne diciéndole a nadie que está destruyendo su vida. No hay un discurso moral acomodado esperando al final para explicar qué estuvo bien y qué estuvo mal. Hay jóvenes aburridos, desesperados, violentos, divertidos, perdidos y profundamente humanos intentando encontrar alguna razón para levantarse al día siguiente.

Mark Renton no quiere una vida convencional y, honestamente, tampoco parece tener una alternativa particularmente brillante. Su famosa decisión de “elegir la vida” funciona como una de las grandes bromas negras de la película: casa, trabajo, televisión, relaciones, dinero, responsabilidades… todo aquello que supuestamente debería darle sentido a una existencia adulta le parece tan aterrador como la heroína. Y Trainspotting entiende algo que muchas películas tardan demasiado en comprender: para alguien que siente que no tiene futuro, decirle que debe construir uno puede sonar menos atractivo que escapar del presente. Renton no solamente está huyendo de las drogas; está huyendo de una idea de vida que considera vacía.

Lo extraordinario es que Danny Boyle nunca presenta ese mundo como un lugar completamente miserable. Al contrario: lo vuelve divertido, eléctrico, absurdo y hasta fascinante. La música, el montaje, los colores, la cámara y ese humor negro convierten la decadencia en una especie de fiesta a la que el espectador también quiere entrar. Y entonces llega la trampa. Porque Trainspotting sabe que la adicción no comienza pareciendo una tragedia. Comienza pareciendo una experiencia. Una aventura. Una manera de pertenecer. Una forma de escapar. Por eso la película puede ser tan incómoda: porque durante algunos momentos consigue que aquello que está destruyendo a sus personajes también parezca atractivo.

Renton, Spud, Sick Boy, Tommy y Begbie representan diferentes formas de estar perdidos. Spud conserva una inocencia que el resto parece haber perdido hace mucho tiempo; Sick Boy convierte el cinismo en personalidad; Begbie directamente parece haber nacido con la violencia instalada de fábrica; Tommy representa quizá la tragedia más dolorosa porque alguna vez parecía tener una posibilidad distinta. Ninguno es simplemente “el drogadicto” o “el criminal” de turno. Son personas que se quieren, se utilizan, se traicionan, se necesitan y se destruyen con una facilidad aterradora. Y esa amistad torcida es una de las cosas que hacen que la película siga funcionando casi treinta años después.

Hay escenas que se quedaron grabadas en la historia del cine precisamente porque Boyle entendió que no necesitaba suavizar nada. El bebé muerto, la sobredosis, el baño, la abstinencia, la paranoia y ese descenso al infierno que atraviesa Renton no están ahí para decorar una película provocadora. Son recordatorios de que detrás de toda esa estética existe una consecuencia. Trainspotting puede reírse de sus personajes, pero nunca deja de quererlos. Y quizá por eso duele más. Porque el espectador termina entendiendo que detrás de cada estupidez, cada golpe y cada decisión miserable hay alguien que alguna vez pudo haber sido otra cosa.

Y entonces llega el final. Renton roba a sus propios amigos y escapa con el dinero. Es una traición, sí. Pero también es su oportunidad de salir. La película no intenta convertirlo en héroe. No lo merece. Renton sigue siendo egoísta, irresponsable y capaz de hacer cosas bastante cuestionables. Pero, por primera vez, parece estar tomando una decisión sobre su propia vida. Después de pasar toda la película intentando desaparecer, finalmente decide quedarse.

Eso es lo que hace que Trainspotting sea mucho más que una película sobre heroína. Es una película sobre el miedo a crecer, sobre la amistad cuando se convierte en dependencia, sobre la juventud cuando no encuentra un lugar en el mundo y sobre esa extraña sensación de mirar hacia el futuro y no sentir absolutamente nada. En 1996 hablaba de una generación que parecía no saber qué hacer con su libertad. Hoy puede verse y la sensación sigue siendo incómodamente familiar.

Porque quizá la gran pregunta de Trainspotting nunca fue si había que elegir la vida. La verdadera pregunta era qué demonios significa elegirla cuando nadie te ha enseñado cómo hacerlo. Y ahí está la genialidad de la película: después de casi tres décadas, sigue sin tener una respuesta cómoda. Solo deja una advertencia brutalmente sencilla: perderse puede sentirse como libertad durante un rato, pero tarde o temprano llega la factura.

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