Marcador Final
Arturo Águila
Hay campeones que unifican y hay campeones que dividen. Argentina 2022 pertenece al segundo grupo. No por el talento —nadie discute que Messi, Di María, Dibu Martínez y compañía bordaron fútbol en Catar— sino por lo que ocurrió alrededor del campo. Tres años después, el humo no se disipó. Entre el “caso AFA” por presunto lavado de dinero, la lista interminable de penales y la sensación de que a Lionel Messi se le permite un reglamento distinto, el fútbol arrastra una pregunta incómoda: ¿la FIFA protegió al producto o contaminó la competencia?
La justicia argentina reabrió en 2024 una investigación sobre movimientos financieros de la AFA entre 2018 y 2023: contratos de derechos, triangulaciones con empresas en paraísos fiscales y pagos a intermediarios sin estructura clara. No hay sentencia, pero sí expedientes y testimonios que manchan. Que la casa del campeón esté bajo lupa no anula los goles, pero obliga a revisar los cimientos.
En la cancha, Argentina caminó Catar con cinco penales a favor en siete partidos, récord histórico. Algunos claros, otros discutibles, y el último —en la final— partió el juego en dos. Rivales con tarjetas fáciles, decisiones VAR que tardaban más cuando el afectado vestía albiceleste, gestos de Dibu Martínez que en otro portero serían amarilla automática. No es inventar conspiraciones: es aceptar que la interpretación arbitral no fue pareja. Y cuando la balanza se inclina siempre hacia el mismo lado, el público deja de creer.
Messi, el mejor de la época, juega con un escudo invisible. Protesta sin amarilla, empuja sin falta, condiciona árbitros con la mirada. En Arabia 2023 pateó a un rival en el suelo; en Miami 2024 se encaró con un cuarto árbitro; en Eliminatorias recriminó a un juez juvenil con el dedo en la cara. En todos siguió en cancha. Cualquier otro ve la roja. Él ve respeto. ¿Admiración? Sí. ¿Miedo a expulsar al ícono global que vende boletos y camisetas? También.

¿Todo esto borra lo que Argentina hizo con la pelota? No. El equipo de Scaloni tuvo carácter, plan y a un Messi extraterrestre. Merecía pelear la copa. El punto es otro: merecer no significa que el camino fue limpio. Vendimos la narrativa del “último baile”, del “cuento perfecto”. Hollywood, Netflix y Gianni Infantino en primera fila. El relato compró protección. La protección compró dudas.
La FIFA eligió entre dos riesgos: manchar la coronación del símbolo que sostiene patrocinios o manchar la credibilidad del torneo. Eligió al símbolo. El problema es que los símbolos se retiran. La credibilidad, cuando se va, no regresa con un spot.
¿Qué sigue? Que la AFA aclare sus cuentas ante un auditor independiente. Que el VAR publique audios en tiempo real. Que a Messi se le mida con el mismo reglamento que a un debutante de Curazao. Porque el respeto se gana jugando, no administrando el miedo ajeno.
Argentina no necesita ayudas. Messi no necesita blindaje. El fútbol no necesita héroes intocables. Necesita reglas iguales para todos.
El Mundial 2022 fue épico, también incómodo. Y ahora, en 2026, la historia parecía repetirse: decisiones arbitrales dudosas y una expulsión a Messi que nunca llegó. Al final, España con dominio futbolístico acabó con lo sucio que se había vuelto la justa mundialista, imponiéndose 1-0. Porque todo parecía preparado para otra coronación albiceleste, ya que cuando levanta la Copa del Mundo España, los fuegos artificiales eran del color de la bandera albiceleste.
Pero en Estados Unidos, la FIFA vio caer su teatro: Argentina no merecía estar en la final.
