Queridos lectores:
La historia de quien, desde mi punto de vista, es el mejor basquetbolista de todos los tiempos, va mucho más allá de las estadísticas. Michael Jordan pertenece a esa selecta categoría de atletas cuya grandeza no puede medirse únicamente con números, porque su legado trascendió las canchas y terminó convirtiéndose en parte de la historia del deporte.
Su camino comenzó en Carolina del Norte y tomó forma en la Universidad, donde dejó una primera señal de lo que estaba por venir: aquel tiro que le dio a los Tar Heels el campeonato universitario en 1982. En 1984, los Chicago Bulls lo eligieron con la tercera selección del Draft. El resto fue una revolución.
Jordan fue creciendo hasta convertir a Chicago en una potencia mundial. Detroit y sus famosos Bad Boys le enseñaron que el talento individual no era suficiente. Entonces fortaleció su cuerpo, maduró su juego y, acompañado por Scottie Pippen y, posteriormente, Dennis Rodman, encontró la fórmula para llevar a los Bulls hasta la cima.

Y entonces llegó lo que parece imposible: seis Finales, seis campeonatos. Jordan jamás perdió una Final de la NBA. En 1991 derrotó a los Lakers; en 1992, a Portland; y en 1993, a Phoenix.
Después de su retiro y de su aventura en el béisbol, regresó para conquistar otros tres títulos consecutivos: Seattle en 1996 y Utah en 1997 y 1998. Seis de seis. Una marca extraordinaria.
Pero quizá el episodio que mejor retrata al ser humano detrás del mito ocurrió en el quinto partido de las Finales de 1997. Jordan llegó enfermo, afectado por síntomas que se atribuyeron a una enfermedad similar a la gripe o a una intoxicación alimentaria. La historia más recordada señala que el malestar pudo haber comenzado después de una pizza que le llevaron a su habitación. A pesar de todo, anotó 38 puntos en una actuación inolvidable. Scottie Pippen tuvo que ayudarlo a salir de la cancha. Fue compromiso con sus compañeros, con el equipo y, sobre todo, con el momento.
Después del tercer campeonato consecutivo, Jordan sorprendió al mundo al retirarse y probar suerte en el béisbol. Jugó para los Birmingham Barons, filial de los Chicago White Sox. Fue otra muestra de su personalidad: atreverse a comenzar de cero y aceptar el desafío de demostrar que podía hacerlo en otro deporte.

Regresó a los Bulls y completó el segundo three-peat. El último capítulo en Chicago llegó en 1998, con aquella noche inolvidable en Salt Lake City contra Utah. Robo a Karl Malone, avance, pausa, lanzamiento sobre Bryon Russell y la pelota dentro con 5.2 segundos por jugar. Sexto campeonato.
Sexto MVP de las Finales. Una despedida cinematográfica.
Jordan volvió a jugar con los Washington Wizards entre 2001 y 2003. Después llegó el retiro definitivo como jugador.
Pero su historia dentro del deporte tampoco terminó ahí. En 2010 se convirtió en propietario mayoritario de los Charlotte Bobcats, hoy Hornets, siendo el primer exjugador en convertirse en dueño mayoritario de una franquicia de la NBA. En 2023 vendió su participación mayoritaria.
Y luego llegó The Last Dance. La serie documental de 2020 volvió a abrir el álbum de aquellos Bulls de 1997-98 y permitió mirar detrás del espectáculo: las discusiones, el cansancio, la presión, las dudas, las personalidades y, sobre todo, el hambre de ganar. No presentó a Jordan como un personaje perfecto, sino como un competidor profundamente humano.
¿Y por qué esta historia me toca de manera especial? Porque me tocó verlo jugar. Vivir sus actuaciones magistrales, disfrutar aquellas transmisiones de TV Azteca con Enrique Garay y Pepe Espinoza, que nos hacían vibrar, sentarnos en la orilla del sillón y hasta mordernos las uñas en aquellas grandes finales. ¡Qué grandes momentos!
Jordan no fue invencible. Perdió, dudó, se retiró, cambió de deporte, regresó y volvió a empezar. Precisamente ahí está una parte esencial de su grandeza.
Porque Michael Jordan no nos enseñó solamente a ganar. Nos enseñó que, cuando la oportunidad aparece, hay que tener el valor de enfrentarla. Y cuando la historia parece escrita, todavía queda una última jugada.
Ese es Michael Jordan: seis Finales, seis campeonatos, seis MVP de las Finales y una huella que permanece intacta. El número 23 dejó de ser solamente un jersey. Se convirtió en una manera de entender la grandeza.
Su grandeza también estuvo en levantarse, comenzar de nuevo y responder justamente cuando todos esperaban verlo caer.
Así vivimos muchos aquella gran época del mejor de la historia de la NBA: su magia con el balón, aquella característica lengua afuera cuando volaba por los aires y esas canastas que parecían imposibles. Todo eso hizo que un servidor, seguidor de los Lakers de Los Ángeles, siguiera cada vez con mayor atención su carrera y terminara reconociendo en Michael Jordan a uno de los deportistas más influyentes de la historia.
Gracias, Michael Jordan, por regalarnos tantos momentos, por despertar ese amor por el basquetbol y por enseñarnos que la grandeza no solamente consiste en llegar a la cima, sino en tener el carácter para volver a levantarse cada vez que la vida te obliga a comenzar de nuevo.