El Juicio: crees que vas a querer a sus personajes, hasta que realmente los conoces

septiembre 14, 2026

Hay series que quieren que el espectador se enamore de sus personajes. Otras quieren que los entienda. Y luego está El Juicio, esa pequeña maravilla de Prime Video que parece haber tomado una decisión mucho más perversa: hacer que quieras mandar al carajo a prácticamente todos. Y lo mejor es que funciona. Porque mientras avanza la historia, uno no está buscando al héroe perfecto, al padre ejemplar o al villano de caricatura. Está intentando descubrir cuál de todos le cae menos mal.

La serie, protagonizada por Eugenio Derbez, Pedro Alonso, Karla Gaytán e Íker Sánchez Solano, parte de un caso de abuso sexual y de la batalla entre dos familias que, desde posiciones completamente distintas, están dispuestas a llegar hasta las últimas consecuencias para proteger a los suyos. De un lado está Miguel, interpretado por Derbez, intentando conseguir justicia para su hija dentro de un sistema que parece diseñado para desgastar a quien la busca. Del otro está el padre del acusado, un hombre poderoso que utiliza todo lo que tiene para proteger a su hijo. La premisa ya es incómoda, pero lo realmente interesante es que la serie no se conforma con decirle al espectador quién tiene razón. Lo obliga a convivir con las decisiones cuestionables de prácticamente todos.

Y ahí aparece una de las grandes virtudes de El Juicio: sus personajes desesperan. Miguel desespera. Hay momentos en los que uno entiende perfectamente su dolor y su obsesión por defender a su hija, pero también hay otros en los que dan ganas de gritarle que se detenga, que piense, que no convierta su búsqueda de justicia en otra forma de destruirse. Y esa contradicción es mucho más interesante que tener al típico protagonista intachable. Porque Miguel no es un santo. Es un padre llevado al límite.

Pero si hay alguien que termina robándose la serie es Pedro Alonso. Y aquí está la gran contradicción: el personaje debería ser el tipo que uno quiere odiar sin condiciones. Es el hombre con dinero, contactos y poder que está dispuesto a mover todas las piezas necesarias para proteger a su hijo. Es, en muchos sentidos, la representación de ese privilegio que puede convertir la justicia en un asunto negociable. Y aun así, Alonso consigue algo bastante más difícil: hacer que el personaje resulte fascinante. Uno puede detestarlo y, al mismo tiempo, quedarse esperando cada escena suya.

Ahí está la verdadera actuación maestra. No en interpretar a un villano que hace cosas horribles, sino en conseguir que el espectador entienda por qué ese hombre piensa como piensa sin necesariamente justificarlo. Alonso construye a alguien inteligente, calculador, elegante y profundamente incómodo. Y conforme avanza la historia, incluso cuando uno quiere verlo caer, aparece esa sensación absurda de “a ver qué va a hacer ahora”. Es probablemente el personaje que más ganas dan de odiar y, paradójicamente, el que más ganas dan de seguir viendo.

Y Eugenio Derbez merece una mención aparte. Porque quizá una de las cosas que más sorprenden de El Juicio es verlo fuera del terreno donde el público está acostumbrado a encontrarlo. Aquí no hay espacio para el Derbez que asociamos con la comedia, las ocurrencias o los personajes entrañables. Hay desgaste, desesperación, enojo y una transformación que ayuda a que Miguel se sienta cada vez más atrapado en una historia que ya no puede controlar. La serie le exige olvidarse de la imagen pública que construyó durante décadas y convertirse simplemente en un hombre que está perdiendo el control de su propia vida.

Pero lo más interesante de El Juicio no es descubrir quién es el bueno y quién es el malo. Es descubrir que quizá esa división nunca existió. La serie está construida alrededor de una pregunta bastante más incómoda: ¿hasta dónde puede llegar una persona cuando cree que está haciendo lo correcto? Porque el problema comienza precisamente cuando todos tienen una justificación. El padre quiere justicia. El otro quiere proteger a su hijo. Los abogados hacen su trabajo. Las familias quieren sobrevivir al escándalo. Y mientras todos defienden su propia versión de la verdad, el espectador queda atrapado en medio preguntándose qué demonios haría en una situación así.

Por eso funciona tan bien odiar a todos en El Juicio. No porque estén mal escritos, sino porque están suficientemente bien escritos como para no darnos la comodidad de escoger un bando y quedarnos tranquilos. Aquí nadie sale completamente limpio. Y quizá esa sea la parte más brutal de la serie: que después de ocho episodios no necesariamente terminas pensando “qué personaje tan bueno”, sino “qué cañon… pero qué bien lo hizo”.

Y cuando una serie consigue que el antagonista sea probablemente el personaje que más disfrutaste ver, aunque sigas queriendo verlo pagar por todo lo que hizo, sabes que algo salió muy bien.

El Juicio no busca que ames a sus personajes. Busca algo mucho más incómodo: que no puedas dejar de mirarlos.

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