Arturo Águila
El futbol mundial atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. La propuesta impulsada por Gianni Infantino para privatizar parcialmente la Copa del Mundo, mediante la venta de acciones del torneo a empresas e inversionistas privados, ha provocado una reacción inmediata dentro de la UEFA, que ya estudia medidas sin precedentes para frenar la iniciativa.
De acuerdo con reportes de ESPN y la BBC, el organismo que gobierna el futbol europeo convocará en los próximos días a una reunión de emergencia con sus 55 federaciones afiliadas para definir una postura conjunta. Entre los escenarios que se pondrán sobre la mesa destaca uno que parecía impensable hace algunos años: un posible boicot a la Copa del Mundo de 2030.
La postura de la UEFA quedó reflejada en un mensaje contundente que deja ver el nivel de tensión entre ambas instituciones: “Esto cruza una línea que ninguna institución del fútbol debería cruzar nunca. La FIFA no puede seguir utilizando nuestro deporte para enriquecerse a sí misma y a sus amigos”.

Las diferencias entre FIFA y UEFA no son nuevas. Durante los últimos años ambas organizaciones han protagonizado disputas por el calendario internacional, el Mundial de Clubes, la distribución de ingresos y el control comercial del futbol. Sin embargo, la posibilidad de abrir el capital del torneo más importante del planeta representa, para muchos dirigentes europeos, un cambio radical en la esencia de la competencia.
Paradójicamente, el eventual boicot tendría un impacto aún mayor considerando que España y Portugal, dos países pertenecientes a la UEFA, forman parte de las sedes del Mundial de 2030.
Una ausencia de selecciones europeas afectaría el nivel competitivo, el atractivo comercial y la credibilidad del campeonato, además de generar un conflicto político y deportivo de dimensiones históricas.
Por ahora no existe una decisión oficial sobre un boicot. La reunión servirá para evaluar las opciones y definir una estrategia frente a la FIFA.
No obstante, el simple hecho de que esta posibilidad esté siendo discutida refleja la profundidad de la crisis institucional que vive el futbol internacional.
Las próximas semanas serán determinantes. Si ninguna de las partes cede, el deporte más popular del mundo podría enfrentar una fractura sin precedentes, con consecuencias que irían mucho más allá del terreno de juego y que podrían redefinir el futuro de la Copa del Mundo tal como la conocemos.